Bienvenido 21 de Agosto del 2017
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Un Cuento Chino

La Ciudad Diamantina de la Graciosa Recompensa

                                          UN CUENTO CHINO


La  Ciudad Diamantina de la Graciosa Recompensa

 

Hay un antiguo cuento chino llamado “La  Ciudad Diamantina de la Graciosa Recompensa” escrito por Langstone Day (no hemos podido encontrar datos del autor) al cual hemos accedido a través de una traducción libre extraída del libro “Magic Casemente”, Rider & comp. 1951 y editada por Anumati (Montevideo, Uruguay, en formato 22 por 17cm, 32 hojas)


 














Es un hermoso cuento que en sí representaría  un camino hacia la búsqueda de una ciudad donde la Armonía, la Paz y la Felicidad reinarían sin ningún tipo de conflictos. Podemos pensar que sería como la Jerusalén Celeste (ciudad de la Paz) o Shangri La  (ciudad de la “vida eterna”).

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 Por supuesto que lo que trasmitimos es una síntesis con el agregado de comentarios propios, colocados entre paréntesis, pudiéndose acceder al texto completo por Internet.

 

 Si bien es una bella narración poéticamente inspirada por las “Musas” como los vemos en las descripciones y diálogos, también la podemos interpretar alegórica y simbólicamente como la búsqueda de una real-ización individual, pero simultáneamente colectiva, marcada por etapas.

 

A igual que otros relatos comienza por el hijo de un rico y poderoso padre, en este caso el Emperador de Singafú de la dinastía T’ang. El Príncipe llamado Fu-hai (nombre que paradójicamente significa Mar feliz) quien vivía en un estado melancólico pese al hermoso Palacio (de las Campanas de Oro) que había recibido de su padre. Insatisfecho por el mero hecho de su riqueza material (siempre hay algo, un acontecimiento, sentimiento u otra causa que genera la inquietud señalando la existencia de una “valencia libre de búsqueda).

Sentía la existencia de conflictos y que “el amor conyugal era como una flor nacida en el desierto después de las lluvias y que al Sol del Mediodía se marchitaba”, frustrando el deseo de sus padres de poder encontrarle esposa.

Sin embargo con la ayuda de los astrólogos del reino, el Emperador pudo seleccionar cuatro mujeres: “Arroyuelo Cantarín”, Loto Escarlata”, Brillante Estampa” y “Preciosa Virtud” con las que llevó a cabo la boda deseada para su hijo Fu-hai.

Entre los numerosos regalos recibidos  se menciona especialmente uno otorgado por un anciano sacerdote viajero, uno de los Doctores Celestes conocedores del Tao. El mismo era una doncella llamada “Brisa de la Mañana” que debía ser dama de compañía de la esposa favorita del Príncipe.

Desde el principio esto planteó un problema dado que las cuatro esposas manifestaban amar entrañablemente a su señor, quien no podía decidir  cual de ellas era su favorita generando una gran competencia entre las mismas.

 

Una noche regresando Fu-hai de una fiesta  fue atacado por unos bandidos quedando malamente herido y varias semanas sumido  entre la vida y la muerte.

 En una ocasión  en que recuperó su conciencia escuchó la fuerte discusión de sus esposas acerca de quien debía tomar preeminencia sobre las demás y cómo repartirse los bienes después de su muerte, luego salieron de la habitación donde el Príncipe yacía. Sólo “Brisa de la Mañana”, afligida, que estaba prudentemente en la puerta aprovechó para deslizarse a los pies del lecho del enfermo y llorando invocó a Yama, el Señor de la Muerte, para que se la llevase a ella en lugar del Príncipe Fu-hai, pues la vida no tendría sentido sin su presencia (la Ambición anida acechando desde lo más recóndito de nuestra mente, pero también la compasión se manifiesta).

Poco a poco el Príncipe recuperó su salud, pero no dijo a nadie lo que había oído.

 

Antes de su enfermedad casi no había notado la presencia de “Brisa de la Mañana”, pero ahora que la vio comprendió que era tan agradable “como las flores de una mañana de primavera”, el amor nació incontrolable en su corazón y pronto la hizo su amante

Las cosas empeoraron, las peleas entre las cuatro mujeres se hicieron continuas, el Príncipe se sentía exasperado y la sola presencia de ellas lo irritaba. Su salud empezó a resentirse.

El Emperador preocupado decidió nombrarlo Gobernador de una de sus Provincias del norte pensando que mejoraría al asumir nuevos deberes.

 

Fu-hai tan pronto recibe el nombramiento, comprende que no sabe gran cosa sobre la vida del pueblo. Despojándose de su lujosa vestimenta sale de incógnito a recorrer las calles.

Al caer la noche se encuentra con un anciano en quien reconoce a un Doctor Celeste quien le pide que lo guíe hasta la Puerta del León, cosa que accede.

Al ver el estado del joven el anciano lo invitó a que hablara de sus dificultados. Aceptando, comenzó a hablar de todos sus problemas. El anciano lo escuchó con suma atención; mi nombre es Chieh Ching, no ignoro los principios del Tao, conocer la armonía del Tao es acercarse a la Armonía Suprema, pero ello exige sacrificios.

El Príncipe exaltado por las palabras del anciano expresó su disposición para abandonar todo si pudiera alcanzar la Armonía y la Paz.                     

Chieh Ching expresó: “cuando un gobierno es lerdo e inactivo el pueblo vive feliz y próspero, si en cambio es discriminativo, las gentes se muestran insatisfechas e inquietas. El pueblo ni nota a los grandes gobernantes, se apega y elogia a los mediocres y teme a los malos”.

Llegando a una de las puertas de la ciudad se oye un gong con el que el  vigía  anuncia la primera hora de la noche, distrayendo a Fu-hai quien al darse vuelta ve que el anciano había desaparecido. (Como siempre, si el tiempo es el adecuado y la predisposición existe, surge alguien en su ayuda). 

 

Comenzó a gobernar con bondad y lentitud, anulando todas las sentencias que no se habían ejecutado, se rodeó de gente instruida para nombrar oficiales que colaboraron con él. La camarilla militar (símbolos de la Envidia y la Hipocresía) al perder el poder, le era hostil.  El Primer Ministro, que esperaba que uno de sus sobrinos fuera nombrado Gobernador, comenzó a conspirar y enviar agitadores por toda la provincia. Las cosas se complicaron y se agravaron.

 

Fu-hai se vio obligado a regresar a Singafú. Allí  encontró nuevamente a sus cuatro esposas peleando continuamente entre ellas, cada vez más groseramente. Se dijo a sí mismo, si no soy capaz de gobernar a mis cuatro mujeres ¿cómo voy a gobernar una provincia?. Decidió quedarse y disciplinarlas, pero fracasaría.  Un día lleno de ira las amenazó con el divorcio por desobediencias y celos.

Ahora casi las odiaba mientras que cada vez estaba más atraído por “Brisa de la Mañana”.

Un día paseando juntos, el Príncipe  entra en un silencio profundo, al preguntarle “Brisa de la Mañana” la causa, el porqué, Fu-hai respondió: “el que nada tiene que perder nada tiene que temer”, pero yo que te tengo a ti soy cobarde (y sí, no es fácil ser capaz de desprenderse de posesiones).

“Brisa de la mañana” picarescamente dijo: quizás Chieh Ching pueda tejer un encanto capaz de preservar nuestro amor para siempre sin cambio.

 

Mientras tanto Arroyo Cantarín, Loto Escarlata, Brillante Estampa y Preciosa Virtud enviaron mensajes a sus parientes comunicándoles la relación amorosa de Fu-hai con una doncella de servicio y con las amenazas de repudiarlas. Éstos que eran altos dignatarios del Imperio  trasmitieron las quejas al Censor quien a su vez las eleva al Emperador. Abrumado por los malos informes increpa a su hijo quien no se defiende. El Emperador le dice: “Mal hijo, al obligarme a castigarte hieres más todavía a tu padre” y  lo sentencia al destierro en una remota región cerca de la Gran Muralla que protege al Reino intermedio de los bárbaros del desierto oriental.

 

Grandes fueron las penas y lamentos de sus esposas al escuchar la noticia. Amargamente  deploraban haberse quejado a sus parientes. Ahora debían dejar el Palacio de las Campanas de Oro y todas las comodidades (no siempre se miden las consecuencias de nuestros actos, sobre todo si no somos capaces de controlar nuestros sentimientos). Sólo Brisa de la Mañana permanecía tranquila y empezaba a ser fuente de fortaleza para todos. Al comienzo las cuatro esposas se quejaban continuamente, pero esta vez el Príncipe considerándose responsable por  debilidad se decidió  con severidad a disciplinarlas, pero Brisa de la Mañana siempre supo suavizar el rigor llegando  un día en que todos pudieron vivir sin hostilidad.

 

Una mañana el Príncipe salió a caballo acompañado por Brisa de la Mañana (y aquí quizás empieza lo valedero del cuento) fuera de las Murallas y se encontraron con  un ruinoso Templo llamado De La Luna que se Pone (la Luna simbólicamente representa la facultad imaginativa) y vieron salir del mismo un hombre con una oscura túnica en quien reconocieron a Chieh Ching. Después de escuchar algunos reproches de Fu-hai,  mirando a lo alto le dice: “El  que aspire a un amor sin cambio debe buscar refugio en la “Celeste Ciudad Diamantina de la Graciosa Recompensa”.

Fu-hai le pregunta ¿Dónde está? Chieh Ching no contesta, pero sigue mirando hacia arriba.

Brisa de la Mañana miró y batió palmas de alegría, entonces Fu-hai también miró y vio flotando en el aire una hermosa Ciudad que parecía hecha de puros diamantes (el diamante es alegórico de antigüedad y perduración). Nuevamente desaparece Chieh Ching.

 

El Príncipe llamó a sus siervos (esclavos o limitados) que lo habían acompañado en el destierro, ¡Alzad los ojos y mirad lo que flota en el aire! Todos obedecieron pero ninguno pudo verla.

Esa tarde Fu-hai, “Brisa de la Mañana” junto con las cuatro esposas regresaron al “Templo de la Luna que se Pone”. La “Ciudad Diamantina” continuaba flotando en el espacio. Pero ninguna pudo visualizarla. “Brisa de la Mañana” fue describiéndola con pasión y la visión fue apareciendo ante los  ojos de ellas, como si fuera un sueño que despierta (nuevamente surge la figura del auxilio de alguien que haya despertado y, aunque parcialmente, haya comprendido).

Todos se unieron en un común anhelo de habitar en la hermosa Ciudad. Transcurrido cierto tiempo Chieh Ching envía en forma indirecta un mensaje. “Aquél cuyo corazón esta puesto en la “Celeste Ciudad Diamantina” no podrá alcanzarla sino con la ayuda de muchos humildes que lo deseen con mucho ardor. Considera y obra en consecuencia” (para lograr un objetivo superior debe dominarnos la pasión, y si bien la real-ización es individual inicialmente, dada la des-personalización que se necesita, sabe que se debe estimular y ser acompañado por otros genuinos candidatos).

 

Al leer el mensaje Fu-hai se inflamó de entusiasmo y haciendo uso de su autoridad como Príncipe ordenó a los habitantes de los pueblos vecinos que se congregaran cierto día en el “Templo de la Luna que se Pone”.

Algunos centenares obedecieron recordando su bondad cuando gobernaba, pero sólo un pequeño grupo pudo ver con la ayuda de “Brisa de la Mañana”  la “Ciudad Diamantina” (muchos son los llamados, pocos los que responden).

 

Ante informaciones tendenciosas y negativas recibidas  de los Censores de que una multitud engañada se acercaba al “Templo de la Luna que se pone” dispuestos a emprender el canino hacia una mencionada “Ciudad Diamantina” el Emperador emite un decreto prohibiendo a sus súbditos visitar dicho Templo (como pareciera que es Ley, los obstáculos surgen) pero ya era  tarde.

Un grupo estaba firmemente decidido. Dado las circunstancias, Chieh Ching aparece diciéndole a Fu-hai: “No te falta perseverancia (tan necesaria para no volver a dormirse), pero si deseas llegar a la “Celeste Ciudad Diamantina de la Graciosa Recompensa” deberán cumplir una dura tarea, pero si están dispuestos el punto de partida de la celeste jornada será el “Templo de la Luna que se pone” (sin Imaginación y Esperanza no se parte).

 

Todos se congregaron al día siguiente marchando hacia el “Templo de la Luna que se pone”. Allí fueron  recibidos por Chieh Ching, albergados y alimentados en forma simple e igualitaria para todos. Fu-hai estaba acostumbrado a sabrosos manjares y quiso enviar a alguien a buscar algo más de su agrado.  Chieh Ching lo impidió diciendo: “El viaje a la “Celeste  Ciudad Diamantina de la Graciosa Recompensa” ya ha comenzado. Cualquiera que se vuelva atrás no podrá regresar, quedando afuera”.

Al oír esto el Príncipe montó en cólera, Chieh Ching se desvaneció como una nube de humo. Ante este hecho “Brisa de la Mañana” rompió a llorar desconsoladamente, el Príncipe que no podía ver sufrir a su amada se humilló y comió el grosero alimento (sin humildad no puede iniciarse el camino).

 

A la mañana siguiente al despertar Fu-hai vio nuevamente a Chieh Ching que había regresado y le explicó que para llegar a la Ciudad Diamantina era necesario tejer una escalera de tramos vivientes con los cabellos de todo el grupo, pues el cabello de cada uno tiene su propia peculiaridad. Esto causó gran consternación dado que la cabellera era muy apreciada en China.

“Brisa de la Mañana” (como siempre , alguien debe tomar la iniciativa) tomó un cuchillo y de un tajo se cortó su hermosa cabellera, esto alentó a que el resto lo hiciera, siguiéndola.

Chieh Ching ahora le explicó que la tarea de tejer la escalera no era fácil, debían ser tejidos de a tres, uno de un hombre, otro de una mujer y el tercero de “Brisa de la Mañana” cuyo ardiente espíritu era el lazo de unión de todos (podía interpretarse que un grupo de cabellos eran los pensamientos negativos y otro los positivos que se neutralizarían, el de “Brisa de la Mañana mantendría el espíritu animador para lograr el objetivo, es decir continuar con la aventura).

Era la tarea “Del triple mérito” y fue ardua y pesada. Pero en un momento a causa que los cabellos estaban mágicamente entretejidos la escalera poseía vida y crecía por sí misma para ayudarlos, hasta que se terminó.

 

Pero ¿Cómo levantarla? ¿Cómo amarrarla a la muralla de la “Ciudad Celeste”?.

Chieh Ching les dice una máxima. “El sabio nunca intenta lo imposible, y así lo logra, se limita a eliminar los obstáculos (una vez más señala tácitamente la necesidad de estar despiertos para enfrentarlos y superarlos, vencerlos).

En la noche, el Príncipe, sin poder conciliar el sueño escucha a Chieh Ching realizar un ritual, y en medio de truenos y relámpagos vio como cobraba vida la escalera y se elevaba y se balanceaba en el aire. Al observarlo Fu-hai comprendió que era la hora de iniciar la subida.

 

Chieh Ching algo nervioso, como todos los demás, exclamó: “Que nadie cuyo corazón no se sienta debidamente templado para atravesar los tres abismos ponga  pié en la escalera”.  El primer Abismo deberá ser atravesado con la astucia, el segundo con ayuda de los Demonios y el tercero por el Poder de la Ciudad y de sus ciudadanos que no pueden morar en ella sino mediante la ayuda de los que los siguen” (desde el comienzo el candidato a la ordalía debe preparase en su corazón con Templanza, Voluntad, Fe y Esperanza).

 

Como era lógico, “Brisa de la Mañana” fue la primera que subió haciéndolo en forma rápida perdiéndose  de vista. Siguieron los demás según un orden, pero no hubo dos de igual comportamiento (cada cual tiene su tiempo), uno lo hizo con gran rapidez pero pronto se cansó y avanzó a paso de caracol, otros lo hacían a velocidad constante. Algunos se cayeron (no eran genuinos candidatos), otros obstruyeron el paso a los demás (los asaltantes del camino). El último fue el Príncipe después de sus esposas. Notó que los escalones se espaciaban, llegaron a la altura de las nubes. Una nube los envolvió y al disiparse Fu-hai notó que estaba pisando una plataforma encontrándose frente a un camino que conducía a las puertas de una ciudad.

Sorprendido, observó que bajaba de una silla un alto Mandarín vestido con la túnica del Dragón, una vez llegado ante él manifestó: “ésta es la Ciudad de la Media luz  del Reposo en las Nubes”. Después de cumplido el protocolo de preguntas sobre la salud de los parientes y  otras fruslerías los invitó a pasar a visitar el Pabellón de las Nubes de Colores que era un inmenso edificio de madera pintada. Se dividieron en grupos que se alojaron en reservados independientes en donde se les sirvió vino de ojo de dragón. Bebida tan fuerte que con un sólo sorbo quedaba uno dormido.

 

Fu-hai comenzó a soñar que ya habían llegado a la “Ciudad Diamantina” y apenas se despertaba quería volver a soñar y no se resistía a tomar  el vino nuevamente para lograrlo. Así pasaron los días. Recién estaban ingresando al primer viaje o etapa y ya conformes, se dormían. Pero un día recordó a “Brisa de la Mañana” (la ayuda siempre aparece y se ofrece, hay que verla nada más) y extrañar su presencia, ello fue suficiente para abstenerse de beber, despertarse y arrastrarse hacia el aire libre para buscarla.

 

Vagando por la ciudad que aparentaba estar desierta llega a la puerta por la cual habían entrado y mirando hacia abajo vio la escalera que se extendía hacia arriba y al mirar hacia abajo vio el “Templo de la Luna que se pone” que estaba muy cerca ( le parecería que habían recorrido un gran trecho, pero no era así)  observó a Chieh Ching que blandiendo una espada llamó su atención y le dijo que solamente bebiendo una gran botella del vino, pero recordando su sabor, se haría fuerte y permanecería despierto.

La tarea no era nada fácil porque cuando uno está en un dulce sueño con ensueños no quiere despertar (no siempre uno se da cuenta que está nuevamente dormido). Pero con esfuerzo Fu-hai logró despertar a todos y cuando adquirieron fortaleza la distancia entre los tramos se acortó y comenzaron a ascender, ahora más rápidamente que antes (habían superado los escollos y el  primer abismo y la Ciudad Diamantina parecía estar cerca).

 

“Brisa de la Mañana” no aparecía y Fu-hai llegó a deprimirse.

De pronto el aire  se oscureció, no se veían los tramos de la escalera, sintió como anteriormente, que sus pies se posaban sobre una plataforma que se iba convirtiendo en un camino que llega a las puertas de una gran ciudad.

El Príncipe vio que venía hacia él un hombre joven, bastante amanerado.

Tres veces se  prosternó  hasta el suelo y le dio la bienvenida a la “Ciudad del Ensueño de las Nieblas Mágicas”.

Después del consabido protocolo de cortesía Fu-hai fue conducido a la misma. Allí encontró a algunos miembros del grupo entretenidos por gente de aspecto distinguido y maneras irreprochables.

En una de las cámaras, el Príncipe, con desagrado se encontró con sus cuatro esposas comportándose en forma indecorosa. Cada una de distinta manera, pero con considerable auditorio de mancebos que mostraban admiración por ellas.

Fu-hai las llamó en  voz alta, pero sólo Brillante Estampa obedeció y le incriminó las conductas. Ella argumentó que no estando en la Tierra las normas tradicionales no eran aplicables pero ante la insistencia terminó obedeciendo.

 

Fue entonces que la niebla que los rodeaba se desvaneció, y el círculo de los que la habían escuchado se vio  tan cual eran: una manada de zorros. Los grupos que admiraban a las otras esposas se manifestaron como tal cual eran: unos monos de rojas asentaderas y cabeza de caballo, otros como demonios con cabeza de toro, otros como ogros de  afilados colmillos…todos rugían, aullaban y ladraban en coro.

Los cinco huyeron aterrorizados.

Pero Brillante Estampa dijo que en realidad no eran demonios sino personas bien nacidas y educadas, las demás coincidieron manifestando su deseo de regresar al salón, con disgusto Fu-hai las dejó.

Él se fue caminando por la ciudad  llegando a la puerta de la misma y a la escalera, pero los tramos estaban tan separados que no habría fuerza humana capaz de franquearlos.

 

Escuchó la voz de Chieh Ching: “Cógelos por los rabos y quítales la fuerza”

Fu-hai regresó a la ciudad y llegó al pabellón donde con asombro vio que toda su compañía estaba de festejo con gente de teatro, bailarinas, cantantes, doncellas de servicio…Junto a una mesa sus cuatro mujeres sentadas sobre esteras estaban rodeadas por numerosos admiradores. Fu-hai les dice ¿no veis que son demonios del Lugar de las Nueve Tinieblas ¿No veis que no hacen sombras?. Saltó sobre los extraños que de inmediato adquirieron sus verdaderas formas.

Los demonios saltaron bramando y destrozando todo. Las cuatro mujeres y el resto del grupo corrían de uno a otro lado para escapar.

Fu-hai que se había colocado en la puerta gritó ¡Cogedlos por el rabo!

Su grito atrajo la atención de un enorme monstruo de afilados colmillos quien se le echó encima, el Príncipe lo esquivó y cuando pasó lo tomó por el rabo y el monstruo cayó sobre su panza gimiendo como un perrito.

Al ver esto todos tomaron coraje y agarraron a los demonios por sus rabos capturándolos.

(Por supuesto que esta segunda etapa, como siempre y es obvio, puede tener diferentes interpretaciones y seguramente no coincidirían algunos de nuestros comentarios con la intención del autor, que no conocemos cual pueda haber sido, pero debemos verter nuestra idea.

En primer lugar, pese a que habíamos despertado, eso creíamos, traspasado el primer abismo, según expresión de Chieh Ching, sabemos por experiencia que es muy fácil volver a caer dormidos sin tener conciencia de ello. Si leímos el “Viaje a Oriente” de Herman Hesse recordemos el episodio de aquél que pensó que todos los que habían iniciado el camino habían abandonado y  quedaba él sólo.

Entonces podemos preguntarnos ¿qué puede conducirnos, sin tener conciencia de ello, a que nos durmamos?.

Si es real el concepto de los estudiosos de la naturaleza humana que uno de los factores, común en la especie humana, es el afán de conocimientos nuevos, quizás este sea el sutil factor a considerar.

 Y sí, buscamos respuestas, en libros, conferencias, artículos en Internet, (como los de esta página), etc. y es válido solamente en tanto y en cuanto estemos conscientes que sólo sirven para aquietar nuestra mente inquisidora.

Estamos buscando respuestas fuera de nosotros en lugar de experiencias vívidas que es lo que realmente vale. Y como dijo Chieh Ching en el cuento: “El sabio nunca intenta lo imposible, sólo elimina los obstáculos, y así  lo logra”.

Si estamos en cierta manera “conectados” podemos tomar por el rabo estos pseudo- demonios que nos entretienen y buscar la experiencia.

 

Una vez logrado  capturar a los demonios, salieron de la ciudad y con la ayuda de los demonios los viajeros continuaron su ascenso y como los demonios eran ágiles lo hicieron rápidamente. Fu-hai y el gran monstruo iban a la cabeza.

De repente, con alaridos de terror el monstruo comenzó a bajar raudamente seguido por los demás demonios.

El terror era debido a que sobre el tramo más alto estaba el Príncipe balanceándose en el aire.

 

Desde lo alto escuchó la voz de “Brisa de la Mañana” que lo llamaba, la vio asomada en el muro de la Ciudad Diamantina.

Una cuerda tejida de cabellos negros pendía cerca de él, pero para poder alcanzarla debía ponerse de pié sobre el último escalón. Tomando coraje se subió y logró prenderse de la misma, a salvo. La cuerda la enrolló a las cinturas de sus esposas y todos fueron elevados hasta la Ciudad Diamantina.

“Brisa de la Mañana” tenía en su cabeza una tiara de oro trabajada en filigranas, con perlas representativas de las Ocho Preciosas Adquisiciones, vestida con una túnica de seda roja (el rojo es símbolo de compasión) bordada de flores, sandalias en forma de Fénix (el Ave Fénix símbolo del renacimiento).

 

La Ciudad era tan hermosa  que sus calles estaban pavimentadas en “plata fina.  “Loto Escarlata, Brillante Estampa y Arroyuelo Cantarín,  maravilladas decidieron quedarse (algunos se conforman con lo logrado y no desean arriesgar, pensando en sí mismos).

Fu-hai, “Brisa de la Mañana” y Preciosa Virtud pasaron por el segundo portal ingresando a un lugar aún  más bello. Sus calles estaban pavimentadas con “oro”. Preciosa Virtud no quiso seguir.                            

Sólo Fu-hai y “Brisa de la Mañana” pasaron el Tercer Portal llegando al centro de la Ciudad que estaba edificada sobre  los “Montes de los Inmortales”.

Fue imposible explicar lo que era esta “Ciudad de las Cumbres”, no existen palabras comunes para describirla.

Un poeta al hablar de los jardines podría decir que el perfume de las flores era más dulce y hermoso que el del “Jardín de las concentradas Fragancias del trigésimo tercer Cielo” y que la música de los pájaros era más arrebatador que los cantos de los Bodhisattvas.

A  Fu-hai le parecía que se había reencontrado  con “Brisa de la Mañana” habiendo pasado un solo instante. El Tiempo había quedado afuera, en la Tierra.

Luego de un tiempo sin tiempo. Brisa de la Mañana” le expresó a Fu-hai: “Mi corazón está preocupado pensando que otros puedan estar queriendo llegar a la “Ciudad Diamantina”. Si han llegado hasta el Gran Abismo ¿Cómo podrán cruzarlo sin nuestra ayuda?-. No olvidemos el aviso de Chieh Ching que la Ciudad necesitaba nuevos moradores (hasta aquí coincidimos con el cuento).

 

Pasaron los Tres Portales y se dirigieron a la muralla, se asomaron y vieron  que la escalera estaba aún ahí pero quieta y rígida, como muerta.

Ocurría que la “Ciudad Diamantina de la Graciosa Recompensa” se estaba muriendo por falta de habitantes, ya había grietas en sus murallas Los cantos de los pájaros no eran como antes, las flores habían comenzado a marchitarse.

Muchos habitantes unidos a la desazón de Fu-hai se acercaron. Tejieron una cuerda con sus cabellos y la bajaron hasta el último escalón de la escalera, esperando alguna señal de que alguien subiera. Como no sucedió Fu-hai decidió volver a la Tierra con el propósito de organizar una nueva partida que quisiera ir a la Ciudad Diamantina, algunos decidieron acompañarlo y tiraron la cuerda nuevamente hacia la escalera. “Brisa de la Mañana” expresó que si volvieran no podrían atravesar el Gran Abismo sin su ayuda, y lloró.

El viaje de descenso  fue fácil, no tuvieron inconvenientes.

Al llegar a la tierra el Príncipe notó como los rostros de sus compañeros palidecían,  envejecían rápidamente. Él mismo sintió que su cuerpo se agobiaba. Habían pasado mas de trescientos años desde la partida.

 

Unos días después un monje que pasó por el Templo de la Luna que se Pone, asombrado vio un gran número de cadáveres de mujeres y hombres extremadamente ancianos.  Como uno de los cadáveres  estaba prendido del último escalón de una escalera que parecía estar colgada de las nubes, pudo visualizarla.

La Ciudad, a falta de  habitantes comenzó a desintegrarse. Aunque debido a que “Brisa de la Mañana” aún estaba, nunca se desvaneció totalmente.             

 

Fin del cuento.

 

(La tradición esotérica e iniciática siempre marcó el camino  para la gran ordalía de la Real-ización,  y para ello señalaron la existencia de “auxilios”.

Muchos lograron cruzar los Tres Portales, superar el Gran Abismo y llegar

al final del camino.

Pero aunque todos tenían plena conciencia y conocimiento que su deber

también consistía en intentar que muchos también puedan lograrlo, algunos

decidieron quedarse.

Pero otros renunciando parcialmente, en cumplimiento con su Drama, el

Deber, optaron por descender a la Tierra e intentar que los “ciegos y

dormidos”  puedan “ver y despertar”

En el fondo,  la Esperanza estaba permanentemente presente.

La “Ciudad de los Inmortales” siempre estuvo activamente dispuesta a

recibir a sus hijos pródigos.


Junio 2017





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